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Todo parece habérsenos vuelto todavía menos cierto en torno a nuestros futuros tanto individuales como colectivos. E irónicamente, después de una sucesión pasmosa de exitosos logros científicos, industriales, geográficos, astronómicos y hasta teológicos, que nos han llevado en un relativo corto plazo (¿unos diez mil años?), a constituirnos en una masa de casi ocho mil millones de seres humanos sobre este globo pequeño y azul que gira, imperturbable, en torno a su estrella.

Y así, la pandemia del coronavirus, por ejemplo, no ha cesado por casi un año de herirnos con su aguijón de creciente mortandad, y vacunas o no vacunas.

Y la economía mundial, por efecto del mismo, se mueve incierta con respecto a su inmediato futuro, muy particularmente al corto y mediano plazos.

Pero lo más impresionante nos resulta ahora nuestro entorno político internacional, tras las recientes elecciones presidenciales en los Estados Unidos, plagadas insólitamente de denuncias de fraudes masivos y de manoseos electorales indignos de la historia de esa gran democracia republicana.

Por otro lado, la China comunista se perfila como el ganador más probable entre tanta incertidumbre; pero no muy atrás, también el muy astuto Vladimir Putin parece guardarse entre pecho y espalda sus planes inmediatos sobre la independencia nacional de su vecina Rusia Blanca, cuya anexión se me antoja relativamente muy próxima.

Aunque esto último desataría un nuevo enfrentamiento de dimensiones planetarias entre nuestras “democracias” occidentales, de conformidad a aquellas viejas y prejuiciosas perspectivas nuestras entorno a un supuesto peligro amarillo, o aquella otra entrañada en la ominosa y vasta Rusia imperial, y bajo los despóticos zares de antaño.

Inclusive la bimilenaria Iglesia Católica aparentemente se estremece en algunas de sus posturas dogmáticas tradicionales, con un Papa por primera vez de las Américas al frente que cuestiona las enseñanzas apostólicas de siempre tales como aquella del derecho universal de cada individuo a la propiedad.

Desde un punto de vista benevolente, otra vez un santo Tomás Moro y su utopía atlántica.

Y aun algunos geofísicos por su parte, se atreven ahora a prometernos una colisión de gran envergadura con un meteorito desprendido de la órbita de Júpiter nada menos que para esa fecha inminente del año 2029.

También Nostradamus se ha quedado atrás.

Por todo ello, me parece que este mes de enero del 2021 es el que más se podría ver en cuanto encima afectado por nuevas interrogantes últimas acerca de nuestro entorno planetario.

Y ahora una palabra sobre Donald Trump, también parte de ese nuestro tan dudoso ambiente: son obvias sus limitaciones intelectuales y de carácter, aunque a mis ojos las veo mucho menos dañinas que aparentemente para el común de los mortales.

Es un hombre recio, corajudo, seguro de sí mismo. Una excepción notabilísima, además, en este nuestro mundo tan afeminado de nuestros días.

Porque las mujeres, por su parte, siempre tendrán asegurados nuestro cariño y respeto por el simple hecho de que solo una mujer, jamás un hombre, puede concebir una nueva vida en sus entrañas y nutrirla para el resto de sus años. Nosotros los varones, en cambio, no tenemos un lugar tan honorable asegurado, pues lo hemos de ganar, por el contrario, con un agudo sentido de la responsabilidad que no nos parece tan universalmente innato.

Por eso podemos decir con absoluta tranquilidad que madre solo tenemos una, y lo que nos es lo más precioso por eso mismo.

Por otra parte, a ese individuo que conocemos como Donald J. Trump, lo creo por su parte instintivamente acertado y muy exitoso. En contraposición a sus opositores que tanto lo envidian y lo odian, sobre todo esos más opulentos y habituados a disponer de las vidas de los demás, léanse los propietarios de las grandes cadenas digitales, de la prensa y de la televisión.

Sin embargo, setenta y cinco millones de votantes a su favor me ratifican que en semejantes apreciaciones no estoy solo. Quizás, sea dicho de paso, dentro de cuatro años haga un nuevo intento por asegurarse el timón de su por él tan querida América anglosajona. Y así, votaré de nuevo por él.

Anoto que en absoluto pertenezco a esa minoría anglosajona, pues soy hispanoamericano de raigambre y convicciones diferentes, pero creo poderla justipreciar las de ellos en todo su valor por tantos aportes excepcionales que han hecho al mundo contemporáneo en el breve plazo histórico de los últimos tres siglos.

Me lo constatan esos millones de inmigrantes de todo el globo que al costo de múltiples sacrificios han querido voluntariamente, y quieren, integrarse a sus números tras kilómetros y kilómetros de azarosos recorridos.

Y de todo ello concluyo, que es esta una hora corajuda de definiciones para todos y cada uno de nosotros y al muy largo plazo y desde muy diferentes y novedosos ángulos.

Aunque al mismo tiempo enfrentemos, para construirnos un mejor futuro y para nuestros hijos, otras incertidumbres no menos angustiantes: Por ejemplo, ¿cuán probable nos es hoy ese hasta hace poco tan temido holocausto nuclear y definitivo? Seguimos sin saberlo. Pues los irresponsables en los cargos públicos más imprescindibles se nos antojan hoy no menos perdidos que nosotros mismos. ¿O hasta será otra pandemia de más devastadores efectos? Tan poco lo sabemos.

O, sin mostrarnos tan aprehensivos: ¿cuándo empezaremos a sufrir los efectos catastróficos del cambio climático tales como la subida de los mares o del agotamiento de múltiples recursos que nos habían mantenido hasta ahora en vida? ¿Llegará también en el inmediato futuro a la superficie de los océanos tanto metano mortífero que por ahora han yacido por el peso del agua en sus profundidades más abismales?

La nuestra de hoy es una sociedad vista por muchos como eminentemente escéptica. Y, sin embargo, siempre, por eso mismo, emocionalmente muy vulnerable en sus estados anímicos a la inseguridad y a la duda angustiosa.

Un viejo refrán inglés afirma que: “donde existe una voluntad, ahí siempre hay un camino”.

Afortunadamente ese camino ya nos fue trazado por la persona del Cristo resucitado, que nos dejó entre otras muchas joyas de su sabiduría aquellas exhortaciones a: “Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí.” (Mateo 25:35-36).

Por lo tanto, amigos, endurezcamos el temple de nuestras almas con vistas al futuro, pues siempre nos quedará abierta tal ruta de escape.

Y hagamos, pues, de este 2021 lo contrario a lo que se han resignado los ya por eso de antemano derrotados: el más fecundo de todos los años.

Armando de La Torre

LAS EPRESIONES DE ESTA COLUMNA SON AJENAS AL NOTICIERO EL VIGILANTE

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