SHARE

El tema de devengar mucho o poco por ejercer un trabajo ha sido causa de resentimientos y envidias por parte de aquellos que se creen incapaces de acceder a ingresos mayores, o por aquellos que no tuvieron la oportunidad de tener estudios de calidad mínima como para poder “subir la escalera” del crecimiento y desarrollo dentro de una empresa.

El salario debe funcionar como el precio de cualquier bien o servicio. Si hay abundancia de algo, como sucedió cuando miles de patojos estudiaron informática, el precio (salario) por contratarlos disminuyó. Si hay muchos abogados, carpinteros, administradores de empresas o cualquier otra profesión, su valor en el mercado laboral será menor. 

Fijar un salario mínimo es una total distorsión que causa muchos problemas. Los gobiernos lo establecen para congraciarse con los “poderosos” sindicatos que, en su inmensa ignorancia y su aún peor deseo de control, fuerzan a los gobernantes a incrementar ese “piso” cada año. El gobierno se convierte en el “salvador” de tantos que obtendrían salarios de miseria, de acuerdo a esa visión miope. En la realidad, se vuelve el destructor de oportunidades.

Nuevamente está en discusión el salario mínimo que regirá en 2021. Por los últimos veinte o más años, esta discusión ha sido un “copiar y pegar” de la anterior. El sector sindical pide incrementos en porcentajes de doble dígito y el sector empresarial se resiste pues no tiene la capacidad de incrementarlo tanto. 

Los salarios de miseria se dan por varias razones. Muchísimas empresas, especialmente las micro, pequeñas y medianas que están en el sector formal no tienen la capacidad de incrementar salarios. La consecuencia es que despiden trabajadores para poder darle el incremento a los demás. No ha menor salario que el que no se tiene.

Otra consecuencia de esa imposición es la informalidad. Se estima que un 70% de la economía en Guatemala es informal. Entre el pago de impuestos excesivos, cumplir con tanta burocracia y encima de todo pagar el salario mínimo, mejor operan al margen. Los salarios que se pagan aquí son más reales pues los dicta la oferta y la demanda. A alguien mejor capacitado o con más habilidades le pagarán más, aún si es menor al salario fijado por los burócratas de turno.

Otro gran problema es la “desmotivación” que genera esta imposición en la base de la pirámide laboral. No hay incentivos para mejorar pues el año siguiente habrá un incremento. El mensaje que transmiten los sindicalistas es que se lo merecen. Crean la ilusión de que su situación económica va a mejorar. No quieren aceptar que los precios de los productos se calculan en base a costos, siendo el salario uno de ellos. 

Es más fácil decir que los salarios deben ser mayores a volverse una persona más valiosa para cualquier empresa, formal o informal.  Cuando se tiene más educación, este pensamiento no hace ningún sentido. Sabemos que, mientras más estudiamos y nos capacitamos, tendremos acceso a mejores ingresos. El pecado mortal es que el sector sindical manipula a esa base de la pirámide que, derivado del pésimo sistema educativo y la desnutrición, no tienen la capacidad de comprender esa realidad. Se vuelven carne de cañón para los intereses mezquinos de quienes, por ser astutos, logran mantenerse en el control de los sindicatos.

Pero, como reza el viejo dicho, “se necesitan dos para bailar tango”. Hay un sindicato que exige, amenaza y boicotea a las autoridades de turno y hay funcionarios que no quieren cambiar el status quo porque requiere demasiado trabajo y, sobre todo, poder político para reformar de fondo las estructuras corrompidas a lo largo de los años.

LEAVE A REPLY