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Calumnia, que algo queda”, dijo Voltaire. Lección muy aprendida por los practicantes sectarios del mundo entero.
Nos resulta muy lamentablemente una experiencia cotidiana, tanto en la vida social como en la política: el embuste en cuanto arma muy efectiva en las contiendas políticas entre los éticamente iletrados, que hoy sospecho constituyen una mayoría callejera. Por ejemplo, el actual proceso electoral en nuestro gran vecino del norte, los Estados Unidos de América.

Del Presidente y de nuevo candidato presidencial, el no muy simpático Donald Trump, se han proferido y afirmado los más procaces e injustificados comentarios. Y al ritmo de una violencia callejera mortal, a nivel nacional.

Pero lo más inusitado es que en ello están incluidos sus principales adversarios, los dirigentes del partido demócrata, desde su ya oficial candidata vicepresidencial Kamala Harris hasta la muy influyente Presidente de la Cámara Baja, Nancy Pelosi.

José Martí aconsejó a los hombres jamás hablar mal de una mujer. Estoy de acuerdo, pero en su tiempo las mujeres no eran protagonistas de la vida pública y hoy sí lo son.

El nivel ético de los caudillos que partidariamente se le oponen es prácticamente muy dudoso, sobre todo entre los jóvenes y los medios de comunicación que, en la sociedad en general, tanto influyen.

Trump, reitero, no es un hombre muy simpático, pero sí muy corajudo y a un tiempo muy práctico, como corresponde al hombre de negocios exitoso que ha sido.

En cuanto a Joe Biden, su principal contrincante, en cambio, es un político fracasado pero visto por casi todos como un hombre manso, de horizontes tal vez demasiados estrechos y con un largo historial de fracasos. Su solo título para la candidatura vicepresidencial ha provenido del apoyo muy interesado de Barack Obama.

Esas son las respectivas caricaturas que adversarios y partidarios les asignan con frecuencia al Presidente Trump y a su candidato opositor Joe Biden.

Como lo he manifestado en otras ocasiones, me decido por la personalidad tosca pero muy corajuda y eficiente de Donald Trump, porque en la realidad de los hechos se le ha visto con mucha frecuencia, y con gran ventaja, como el más acertado y firme entre los dirigentes nacionales.

Mantengo que los logros de Donald Trump han sido a nivel mundial rotundos y ejemplares: haber terminado con las guerras interminables en el Cercano Oriente, haber construido la economía más próspera e incluyente en muchas décadas de la historia de los Estados Unidos y haber puesto un límite tajante a la agresividad internacional de Irán y China.

Por otra parte, no recuerdo haber visto jamás tantos infundios y embustes en la vida electoral de los Estados Unidos, aunque realistamente reconozco que a los inicios de esa gran democracia, ya ganada la independencia nacional, tuvo momentos de gran turbulencia como la de su casi mortal guerra civil.

Pero también hay que tener en cuenta que restaurada la paz, el debate público recuperó sus niveles de hidalguía y honestidad entre sus constituyentes del siglo XVIII.

Hasta hoy, que las olas de las disidencias se han vuelto a encrespar al estilo de esos gigantescos ciclones tropicales que regularmente incursionan por Cuba y al sur de la Unión americana.

De regreso al tema de la mentira, ha sido el recurso preferido por todos los débiles morales o mentales. En la vieja Roma nadie lo supo articular mejor que Cicerón en sus diatribas contra el súper cínico Catilina.

Así también fue el recurso más abusado durante las intrigas y conflictos de casi diario de la Edad Media. Pero aun, a lo largo de la guerra de los Treinta Años del siglo XVII, por no hablar de las social-ideológicas más recientes durante el siglo XX.

Sigmund Freud, por cierto, reiteró que el embuste es el recurso ideal para embaucar a las masas. José Ortega y Gasset, su contemporáneo, aludió indirectamente a lo mismo en su “Rebelión de las masas”. Y, por supuesto, para Maquiavelo había sido el arma preferida y también la decisiva en los conflictos de índole dinástica.

Entonces, ¿“nihil novi sub sole”?

Su versión más modernizada se la debemos al Goebbels del tercer Reich alemán.

Pero, de regreso a la actualidad en Norteamérica, éticamente, la calumnia continúa siendo un medio, el más repugnante y despreciable de todos. En especial sí, encima, sirve de pretexto para la destrucción de lo ajeno y hasta para el asesinato de inocentes.

Así, de nuevo desde mi punto de vista, tal recurso ha sido volcado con inhumana pasión sobre la persona de Trump, porque lo perciben como la amenaza más punzante a los poderosos de siempre, agazapados hoy más que nunca tras una prensa escrita o televisada que había visto tiempos de mejor calidad y de mayor veracidad.

Porque las masas de lectores suelen ser poco críticas del contenido de los grandes debates nacionales. En este sentido coincido con Ortega en que la visión y la comprensión de los más importantes temas nacionales e internacionales, por parte de las masas de sus lectores, suelen ser demasiados cortoplacistas y por las mismas razones superficiales.

Donald Trump, por tanto, es un tipo muy excepcional: rudo pero exitoso, no muy leído pero sí muy inteligente, y un hombre ajeno a la aristocracia liberal de su país pero más bien identificado con las masas de los olvidados, la clase de los trabajadores manuales.

También un patriota decidido y sin muchas reservas morales, que golpea con dureza a su izquierda y a su derecha.

Un genuino hombre del pueblo, aunque su fortuna sea comparable a la de muchos otros hombres y mujeres exitosos de su país.

Casi todo en él es rápido y espontáneo, algo muy peligroso en la vida pública. Pero también moderado por su simple fe religiosa y la brillante historia constitucional de su país.

Su punto de partida político, “America first”, es indiscutible y su entusiasmo por el éxito competitivo innegable.

Trump es la personificación y el héroe de todos aquellos que se deciden por la lucha en campo abierto y sin tantas mentiras como a las que tanto recurren, repito, los débiles de carácter.

Así entiendo yo lo que sucede en estos momentos en nuestro gran vecino del norte.

DR. ARMANDO DE LA TORRE

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