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Era el día 17 de septiembre del año 1787. Terminaban las sesiones del congreso que decretó una nueva Constitución de Estados Unidos de América. Varios ciudadanos se habían congregado ante el Salón Independencia, de Filadelfia, en donde el congreso había celebrado sus sesiones.

Uno de los legisladores constituyentes había sido Benjamín Franklin; y cuando abandonaba el salón, un ansioso ciudadano le planteó esta pregunta: “¿Será nuestra nación una república, o será una monarquía?” Franklin respondió: “Una república, si podéis conservarla.”

Era el día 17 de septiembre del año 2000. El presidente Bill Clinton declaró que los legisladores que decretaron la Constitución de Estados Unidos de América “habían comprendido la enorme tarea que intentaban ejecutar: crear una democracia representativa.”

Empero, esos legisladores jamás pretendieron crear una democracia representativa o no representativa. Pretendieron crear una república; y despreciaban, o abominaban, o repudiaban, la democracia.

Samuel Adams, quien firmó la Declaración de Independencia, aprobada en el año 1776, dijo: “La democracia nunca dura mucho… Pronto se consume, se extingue y se mata ella misma… Nunca ha habido una democracia que no cometa suicidio.”

Alexander Hamilton, persuasivo apologista de la nueva constitución de la república federal, afirmó: “Se ha dicho que una democracia pura, si fuera posible practicarla, sería el gobierno más perfecto. La experiencia demuestra que no hay creencia más falsa. Las antiguas democracias, en las cuales el pueblo mismo deliberaba, nunca fueron un buen ejemplo de gobierno. Su auténtica naturaleza era la tiranía; y su modalidad, la deformidad.”

James Madison, llamado “padre de la constitución”, afirmó: “Las democracias siempre han sido un espectáculo de turbulencia y contienda. Han sido siempre incompatibles con la seguridad individual o con el derecho de propiedad; y han sido, en general, tan breves en su vida como violentas en su muerte.”

Fisher Ames, elocuente defensor de la renovada federación, afirmó: “La democracia es el gobierno de las pasiones de la multitud o… es el gobierno según los vicios y las ambiciones de sus líderes… La democracia es una etapa intermedia hacia la tiranía.”

Ames, en su obra “El fango de la democracia”, expresó que los legisladores que decretaron la Constitución de Estados Unidos de América querían que la nación “fuera una república, la cual se diferencia de una democracia mucho más de lo que una democracia se diferencia del despotismo.”

Los antiguos romanos denominaron “res publica”, o “cosa pública”, al Estado no monárquico. Precisamente Roma había desistido de la monarquía, propicia para la tiranía o el despotismo, y había adoptado la república. Esta transición ocurrió en el año 509 antes de la Era Corriente, cuando fue derrocado el rey Lucio Tarquinio, El Soberbio. Fue el séptimo y el último rey de Roma.

En el año 1776, trece colonias británicas en América del Norte se independizaron de una arrogante, insolente y despótica monarquía, y fundaron una república: los Estados Unidos de América. En el año 1792, los franceses no se independizaron de una monarquía, sino que la derrocaron; y entre el frenético griterío de agitadas multitudes, y la furiosa persecución de enemigos políticos o de disidentes ideológicos, y el laborioso trabajo del patíbulo, y el licencioso esplendor del terror, pretendieron fundar una república.

El ideal de los fundadores constitucionales de los Estados Unidos de América era una república, concebida como un reino del derecho; del derecho a la libertad, el derecho a la vida y el derecho a la propiedad privada. Eran derechos exclusivamente individuales, “inalienables” y hasta divinos, que ninguna mayoría en una democracia, o ninguna minoría en una monarquía, podía transgredir.

La finalidad del gobierno era garantizar el ejercicio de esos gloriosos derechos del individuo, por medio de poderes legislativos, judiciales y ejecutivos, separados y recíprocamente independientes pero obligados a confluir en aquella sagrada garantía. Comparto, con esos fundadores constitucionales su concepción de la república. Y por eso mismo, comparto su desprecio, su abominación o su repudio por la democracia; por esa democracia que, en su modalidad más pura, otorga a la mayoría el poder de suprimir el derecho.

Comparto su desprecio, su abominación o su repudio por esa democracia en la que no importa la libertad del individuo, ni importa su vida, ni importa su propiedad. Importa el interés de criminales masas violentas, cuya incontenible fuerza motriz es la envidia, o el resentimiento, o el odio furioso a la lícita riqueza. O es la complacencia de esas masas en destruir aquello que no pueden construir. O es su demencial preferencia por la igual pobreza de todos, y nunca la sensata aceptación de la lícita riqueza de algunos.

Comparto su desprecio, su abominación o su repudio por esa democracia en la que el gobierno sirve el interés de la mayoría por medio de prostituidas funciones legislativas, corruptas funciones judiciales y arbitrarias funciones ejecutivas; y en la que se prohíbe la nobleza, pero se autoriza la vileza. Y entonces no importa que la cárcel sea el desgraciado hogar del idealista que clama por la libertad, o que la guillotina arrebate la preciada cabeza del justo, o que ser despojado sea el destino del legítimo propietario.

Una democracia que no es un mero procedimiento con el cual la mayoría de los ciudadanos elige gobernantes, sino una modalidad de gobierno que confiere a la mayoría el poder de destruir los derechos del individuo, es una maldición política tanto como la república es una bendición. Y el mayor bien de toda la sociedad reclama, no una democracia que aniquila el derecho, sino una república que lo santifica.

Post scriptum. En una república, el derecho del individuo es independiente de mayorías o de minorías. Por supuesto, ese derecho debe ser limitado; pero solamente para que sea posible que todos los individuos puedan igualmente ejercer su derecho.

Luis Enrique Pérez Estrada

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