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En el transcurso de casi diez años, varias familias de ladrones fueron congregándose en un pequeño valle, situado entre montañas, bosques y riachuelos; y constituyeron una próspera comunidad. Sus víctimas eran habitantes de aldeas, pequeños pueblos y algunas ciudades próximas. O eran comerciantes que transitaban en solitarios caminos, o dispersos ganaderos, laboriosos agricultores y pacíficos pastores. O eran ricos viajeros que inútilmente habían fingido ser miserables peregrinos.

Repentinamente comenzó a disminuir el valor de los bienes que los ladrones robaban. La comunidad se empobrecía. La causa era que, en la misma comunidad, habían surgido grupos de ladrones que despojaban de sus mejores bienes a un ladrón. Por ejemplo, una vez un grupo de ladrones despojó de un hermoso cerdo a un ladrón, y festivamente el cerdo fue cocinado y convertido en apetecibles piezas de carne para disfrute de los despojadores.

Creíase que los bienes robados que había en la comunidad tenían que servir al bien de una mayoría, y ese bien era el bien común. Y el derecho era derecho de la mayoría, que tenía que imponerse sobre el derecho del individuo.

Por supuesto, un ladrón se beneficiaba cuando era miembro de un grupo despojador pero se maleficiaba cuando era víctima de él; y la probabilidad de ser víctima era tan grande que realmente era certeza. Entonces cada ladrón, más que ansiar ser uno de los despojadores, temía ser uno de los despojados. Y por ese temor, cada ladrón se abstenía de robar codiciables bienes valiosos, y esperaba que otro los robara, y brindara una oportunidad de despojo.

Era una inútil esperanza porque, por ejemplo, aquel que podía robar un caballo, ahora prefería robar un gato; o aquel que podía robar una fecunda vaca lechera, ahora prefería robar una abandonada tinaja o un longevo gallo infecundo. Ya nadie tenía robados bienes valiosos.

Un viejo y legendario ladrón presenciaba, angustiado, la decadencia económica de la comunidad, de la cual había sido el fundador. Se relataba, de él, que había sido tan extraordinario ladrón, que una vez se había robado a él mismo un reloj de bolsillo con leontina de oro. Este viejo y legendario ladrón, persuadido por la creciente pobreza de la comunidad, convocó a una asamblea general. Y con firme mirar y solemne serenidad, y con imponente gesto ceremonial y natural actitud patriarcal, dijo:

“Ya no queremos robar bienes valiosos porque no tenemos la certeza de que disfrutaremos de ellos. En nombre del bien de la mayoría, llamado bien común, nos condenamos a un real mal del individuo; y como todos somos individuos, todos nos condenamos al mismo mal. El auténtico bien común, queridos hermanos ladrones, no es una cabra, una vaca, una joya, una iguana o un campo de maíz. Cada quien puede poseer o no poseer esos bienes. El auténtico bien común consiste en los iguales derechos de todos.”

“No hay derechos de la mayoría, que valgan más que los derechos del individuo. Solo hay derechos de cada individuo. Uno de ellos es el derecho de propiedad privada. Respetarlo es acto de justicia. No respetarlo es acto de injusticia. Y deben saber ustedes, queridos hermanos ladrones, que ningún acto es justo solo porque es acto de una mayoría. O deben saber ustedes que ninguna mayoría puede convertir un acto injusto en un acto justo.”

“Propongo que, entre nosotros mismos, seamos ladrones justos. Respetemos el derecho de propiedad privada de cada uno, y si se respeta el derecho de cada uno, se habrá respetado el de todos. Con la autoridad que me conceden mis años de exitosa vida delictiva, y con la autoridad que también me concede mi prodigiosa experiencia en el robo, e invocando mis hazañas ladronescas, y mi mérito de no haber estado nunca en prisión, y mi proeza de haber fundado esta comunidad, ordeno que ningún grupo de nosotros despoje de sus bienes a uno de nosotros. Ordeno que quien incite a formar un grupo de despojadores, o quien sea miembro de ese grupo, sea castigado con la muerte. Ordeno que nuestra primera tarea, finalizada esta asamblea, sea la construcción de un patíbulo.”

Los ladrones aprobaron la propuesta y juraron acatar las órdenes. Y estrecharon manos o aproximaron pechos, o rozaron mejillas. Y construyeron el patíbulo, inspirados en el ideal de crear la obra más hermosa de la comunidad. Y con certeza jurídica de ilícita propiedad privada, emprendieron el robo con recuperado coraje criminal y renovada intrepidez delictiva.

La comunidad nuevamente prosperaba, notoriamente más que en aquella época que precedió al catastrófico surgimiento de grupos despojadores. La más valiosa virtud de los ladrones de la comunidad era el respeto a la propiedad privada, entre ellos mismos. Y en alguna tabernilla de esa misma comunidad, los ladrones solían brindar por esa virtud; y algunos, cuando en el atardecer abandonaban la taberna, observaban la estática silueta del patíbulo que se erguía, acechante, en la cúspide de una cercana colina.

Una vez un forastero ladrón vivió clandestinamente, durante varios días, en la comunidad. Lo había hospedado una familia de ladrones amigos que intentaba persuadirlo de ser miembro de la comunidad. Le impresionó la prosperidad de la comunidad, cuya historia le relató la familia. Cuando el relato terminó, el forastero díjose: “Si respetar el derecho de propiedad privada y evitar que cualquier mayoría despoje a un individuo de sus bienes propios, beneficia a una comunidad de ladrones, ¿no beneficiará aún más a una comunidad de honrados?”

Post scriptum. Un día primaveral, cuando se atisbaban los primeros resplandores del Sol, y los pájaros comenzaban a trinar, y las vacas, a mugir, y las mujeres, a cocinar, y los hombres, a robar, falleció aquel viejo ladrón. Su vida legendaria se enriqueció cuando alguien juró que su último decir había sido este: “¡Santa justicia! ¡Hasta las bandas de ladrones te necesitan!

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